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LINGÜÍSTICA IBEROAMERICANA

VOL. 83

DIRECTORES:

MARIO BARRA JOVER, Université Paris VIII
IGNACIO BOSQUE MUÑOZ, Universidad Complutense de Madrid, Real Academia Española de la Lengua
ANTONIO BRIZ GÓMEZ, Universitat de València
GUIOMAR CIAPUSCIO, Universidad de Buenos Aires
CONCEPCIÓN COMPANY COMPANY, Universidad Nacional Autónoma de México,
Ciudad de México
STEVEN DWORKIN, University of Michigan, Ann Arbor
ROLF EBERENZ, Université de Lausanne
MARÍA JACOB, Universidad de Salamanca
DANIEL JACOB, Albert-Ludwigs-Universität, Freiburg im Breisgau
JOHANNES KABATEK, Universität Zürich
EUGENIO R. LUJÁN MARTÍNEZ, Universidad Complutense de Madrid
RALPH PENNY, University of London

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)

Reservados todos los derechos

© Iberoamericana, 2021

© Vervuert, 2021

info@iberoamericanalibros.com

ISBN 978-84-9192-208-7 (Iberoamericana)

Depósito Legal: M-6368-2021

Diseño de la cubierta: Carlos Zamora

ÍNDICE

AGRADECIMIENTOS

INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTE
EL CORREO ELECTRÓNICO EN LA ENCRUCIJADA DE LA COMUNICACIÓN DIGITAL

CAPÍTULO 1. LA HISTORIA DEL CORREO ELECTRÓNICO

1.1. Conectando ordenadores: de ARPANET a internet

1.2. Conectando personas: los orígenes del correo electrónico

1.3. Un email de UCLA a Harvard: el correo electrónico en las comunidades universitarias

1.4. Correos electrónicos por todas partes

CAPÍTULO 2. LA COMUNICACIÓN POR CORREO ELECTRÓNICO

2.1. Las aplicaciones de gestión de correo electrónico

2.2. Del correo postal al correo electrónico

2.3. El correo electrónico: ¿epistolario digital?

CAPÍTULO 3. EL CORREO ELECTRÓNICO COMO GÉNERO DISCURSIVO

3.1. Definición del término correo electrónico

3.2. La configuración del correo electrónico como género discursivo: el correo electrónico en su comunidad de práctica

3.3. La influencia del medio digital en el género del correo electrónico

SEGUNDA PARTE
UNA APROXIMACIÓN LINGÜÍSTICA AL ANÁLISIS DEL CORREO ELECTRÓNICO

CAPÍTULO 4. EL PARATEXTO DEL CORREO ELECTRÓNICO

4.1. El mensaje de correo electrónico: dentro y fuera de sus límites

4.2. Los buzones de correo electrónico y el pacto de lectura

4.3. El encabezado en el correo electrónico: la presunción de relevancia

4.4. El asunto de los correos electrónicos: en los límites del texto

CAPÍTULO 5. LA INTERACCIÓN POR CORREO ELECTRÓNICO

5.1. Los intercambios de correo electrónico: ¿conversaciones digitales escritas?

5.2. Turnos y alternancia en el correo electrónico

5.3. Tienes un mensaje nuevo: escribir y responder correos electrónicos

5.4. Correo personal, correo institucional y otros mensajes

CAPÍTULO 6. ESTILO COMUNICATIVO EN EL CORREO ELECTRÓNICO

6.1. El mensaje de correo electrónico como unidad comunicativa y textual

6.2. ¿Cómo escribimos nuestros correos?

6.3. Análisis de los actos de habla en el correo electrónico

6.4. Gestión interrelacional y (des)cortesía en el correo electrónico

REFLEXIONES FINALES

BIBLIOGRAFÍA

AGRADECIMIENTOS

Como todas las cosas bonitas de la vida, este trabajo acumula muchas deudas. Y por eso quiero dedicar unas líneas a expresar mis agradecimientos.

A mis colegas del departamento de Lengua Española de la Universidad de Valladolid, Mariángeles Sastre Ruano, Nieves Mendizábal de la Cruz y Silvia Hurtado González, por sus comentarios, correcciones y sugerencias al primer borrador de este trabajo.

A mis compañeras del área de Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales, Jurídicas y de la Comunicación, Aurora López y Marian Núñez, y a las economistas más listas, María Devesa y Noelia Somarriba, por el apoyo emocional diario, sin el que no hubiera encontrado fuerzas para trasnochar delante del ordenador.

A mis hijos Leo y Julio, por ayudarme a desconectar y conectar con el mundo. A mi marido, Alfonso, no solo por cubrirme durante estos meses en la intendencia diaria y hacer posible que me centrara en el trabajo, sino también por su atenta lectura, su incansable labor de corrección y sus brillantes ideas.

Y, por supuesto, a Lucía Cantamutto, mi amiga y compañera de investigación, sin cuyas constantes interrupciones, en forma de apasionantes debates, este libro se hubiera terminado mucho antes, pero carecería de cualquier interés. Si alguna buena idea hay en estas páginas, tened por seguro que surgió en nuestras charlas cotidianas. Gracias por esta estimulante amistad que comenzó, precisamente, con un correo electrónico.

INTRODUCCIÓN

En 2021 se cumple el 50 aniversario del envío del primer correo electrónico. Desde entonces, la popularidad de esta herramienta de comunicación no ha parado de crecer. Según los datos publicados por Statista, el conocido portal de estadísticas, actualmente se intercambian más de 2630 millones de correos electrónicos al día. Son tantos que su huella de carbono empieza a suponer un importante problema para nuestro planeta.

Desde las señales de humo hasta los golpes en los tambores, la necesidad de comunicar más allá de donde llega la palabra hablada de forma natural siempre ha estado presente en la historia de la humanidad (Baron 2002: 217). El intercambio de correos electrónicos forma parte de la propia naturaleza social de nuestra especie, pero también se inscribe en la tendencia, cada vez más arraigada, a la inmediatez. Muchos psicólogos advierten del peligro que entraña este flujo constante de interacción, que puede llegar a convertirse en adictivo.

Con el paso de los años, el correo electrónico se ha vuelto parte indispensable de nuestra comunicación cotidiana. Mirar el buzón electrónico es una de las primeras actividades que realizan muchas personas al despertar por la mañana o cuando llegan a su puesto de trabajo. De ahí que el estudio del correo electrónico haya atraído la atención de académicos y especialistas de diversas áreas, entre ellos los lingüistas.

El correo electrónico no solo es responsable de la modificación de nuestros hábitos comunicativos, sino que también ha influido en la metamorfosis del lenguaje. La interacción digital ha cambiado la forma de relacionarnos con los demás y la manera de presentar nuestra identidad. Todo ello tiene, indiscutiblemente, su repercusión en la lengua. Sin embargo, no parece legítimo considerar que hayamos asistido a una revolución que implique cambios drásticos, más bien a un proceso en el que las lenguas siguen su tendencia natural a la transformación.

A primera vista los correos electrónicos resultan textos poco cuidados y, en comparación con otros escritos, en ellos los interlocutores se muestran mucho más tolerantes con algunas faltas o descuidos. Sin embargo, la realidad nos revela que en el correo electrónico discurren acontecimientos comunicativos muy diversos, con estilos lingüísticos tan desiguales como en cualquier otro medio. De hecho, la diversidad estilística del correo electrónico es una de sus principales características.

Con el tiempo, el correo electrónico ha encontrado su sitio en la confluencia de los géneros del discurso digital hasta convertirse en el más formal y menos conversacional de ellos. Como género discursivo se inclina hacia la informalidad, al menos si se compara con otros textos no digitales; y hacia la formalidad si se confronta con los digitales. En idénticas díadas comunicativas, la epístola en formato papel tiende a ser más formal que su equivalente digital, del mismo modo que cuando abrimos nuestro buzón de correo electrónico para llevar a cabo una solicitud o una felicitación, por ejemplo, solemos ser más formales que si optamos por la mensajería instantánea.

Este libro presenta un análisis lingüístico de la comunicación por correo electrónico. En los últimos años, los estudios sobre la comunicación digital proliferan en diferentes ámbitos: algunos abordan cuestiones generales y otros se centran en aspectos específicos. Sin embargo, si comparamos la cantidad de trabajos publicados sobre el correo electrónico y sobre las redes sociales, constatamos una realidad: el carácter privado de los primeros dificulta sobremanera su estudio. En la era de los big data es posible monitorizar automáticamente determinados hashtags o descargar a golpe de clic todos los tuits publicados en la cuenta de un usuario. No obstante, disponer de un corpus representativo de correos electrónicos sigue siendo el resultado de un arduo trabajo de recolección manual que, además, confronta al investigador con problemas éticos y metodológicos.

Los correos electrónicos son textos del ámbito privado que solo pueden ser recogidos y estudiados mediante la cesión expresa de los participantes del intercambio. Desde que comencé el trabajo en mi tesis doctoral, consistente en un estudio de corpus sobre el género emergente del correo electrónico, he sido consciente de la dificultad que entraña la investigación sobre textos pertenecientes a la comunicación privada.

Inmerso en este océano de dificultades y retos, el objetivo de este libro es la caracterización del correo electrónico como género discursivo, su configuración dentro de una comunidad definida de usuarios (Swales 1990) y su evolución en relación con la metamorfosis de sus usos (Miller 1984); todo ello desde el marco teórico de la ciberpragmática (Yus 2010) y de la sociolingüística interaccional (Gumperz 1982). Me interesa especialmente identificar los rasgos que se han mantenido estables en su uso y que permiten considerarlo un género particular dentro del discurso digital.

Desde esta perspectiva, un estudio sociodiscursivo del correo electrónico resulta especialmente relevante porque se trata de uno de los géneros más antiguos del discurso digital (Hardy 1996), al tiempo que mantiene una innegable vigencia en la actualidad. En consecuencia, este libro asume un punto de vista diacrónico que lleva a rastrear las distintas etapas por las que ha pasado este género y las influencias que otros textos, como la carta postal, el informe o los mensajes de texto, han tenido en él. Una buena parte de las reflexiones recogidas en estas páginas constituyen una necesaria actualización de las expresadas en mi tesis doctoral (Vela Delfa 2007). A pesar de que muchas de aquellas conclusiones siguen vigentes, desde su publicación se han transformado tantos aspectos que se hacía necesaria una revisión y puesta a punto que diera cuenta de estos cambios.

Aunque este libro se plantea como un análisis del correo electrónico como género discursivo, en algunas ocasiones se completan las consideraciones generales con evidencias procedentes de la observación empírica. Para ello he acudido a los datos recopilados en diferentes investigaciones, cuyos resultados han sido publicados en diversos trabajos: Vela Delfa (2007, 2010, 2012, 2016, 2018a, 2018b), Cantamutto y Vela Delfa (2019). Muchos de estos datos son accesibles en el marco del proyecto CoDiCE (Comunicación Digital: Corpus del Español), que codirijo con Lucía Cantamutto (Conicet-Universidad de Río Negro-Argentina).

La comunicación por correo electrónico. Análisis discursivo de la correspondencia digital se estructura en dos partes. En la primera, se reflexiona sobre el lugar del correo electrónico en la encrucijada de la comunión digital. Está dividida en tres capítulos: en el primero, se resume la historia del correo electrónico desde sus orígenes hasta la actualidad; en el segundo, se aborda la relación del correo electrónico con el correo postal; y en el tercero, se analiza el correo electrónico como género discursivo, se examinan las similitudes y diferencias que asume con otros géneros y se estudia la forma en la que su comunidad de práctica ha ido configurando el prototipo de referencia.

La segunda parte de este libro presenta una aproximación lingüística al análisis del correo electrónico organizada en tres capítulos: el primero se ocupa de la distribución paratextual del correo electrónico; el segundo se orienta al análisis de la interacción comunicativa por correo electrónico; y, por último, el tercero aborda el estilo comunicativo del correo electrónico.

Este análisis lingüístico mantiene una orientación pragmática porque entiendo que esa es la perspectiva que mejor explica la idiosincrasia de las interacciones digitales escritas. La pragmática vuelve los ojos a la noción de contexto, fundamental para entender la comunicación digital. En cada interacción ese contexto será siempre diferente y estará cargado de una serie de claves que el emisor envía al receptor. El éxito o fracaso de la comunicación se basa en la capacidad de los interlocutores para interpretar esas claves contextuales que, en el discurso digital, afectan a cuestiones fundamentales como la definición de la identidad de los interlocutores, el juego de jerarquías o el marco de la enunciación. En este sentido me ocupo de analizar los actos de habla más comunes en las interacciones por correo electrónico y abordo cuestiones relativas a la (des)cortesía y a la gestión de la interacción en los intercambios de correo electrónico.

Confío en que tanto la labor de síntesis realizada como la selección de contenidos redunde en un instrumento útil para sus destinatarios: estudiantes e investigadores de la lengua española, la lingüística, la comunicación o la didáctica de la lengua; profesores de enseñanza secundaria; docentes y estudiantes de español como lengua extranjera, sin olvidar otros perfiles profesionales o personales que tengan interés por uno de los géneros discursivos más representativos de las últimas décadas.

PRIMERA PARTE

EL CORREO ELECTRÓNICO EN LA ENCRUCIJADA DE LA COMUNICACIÓN DIGITAL

CAPITULO 1

LA HISTORIA DEL CORREO ELECTRÓNICO

1.1. Conectando ordenadores: de ARPANET a internet

La historia del correo electrónico es una historia de éxito. Nace casi por casualidad en 1971, cuando Ray Tomlinson, un ingeniero de BBN Technologies, una empresa del ámbito de las tecnologías radicada en Massachusetts, tuvo la idea de crear un programa para depositar mensajes en máquinas remotas y facilitar la comunicación asincrónica entre los miembros de su equipo de trabajo.

Los orígenes de los sistemas de correo electrónico van de la mano del nacimiento de internet. Desde mediados del siglo XX, investigadores en los ámbitos de la informática y de las telecomunicaciones trabajaban en el desarrollo de un sistema cómodo y seguro para la transmisión de información entre ordenadores. La red, modelo no centralizado conformado por una serie de nodos interdependientes, comenzó a imponerse como respuesta a dos de los requerimientos del momento: propiciar el aprovechamiento de los recursos materiales y hacer más rápidas y seguras las telecomunicaciones. En efecto, las redes ofrecían la posibilidad de abaratar gastos porque permitían conexiones a distancia entre máquinas remotas, al tiempo que garantizaban una ágil transferencia de datos y resultados. La necesidad de obtener un mayor rendimiento de las inversiones en investigación constituyó, por lo tanto, el impulso inmediato del desarrollo de internet.

Licklider, responsable del Departamento de Investigación de Estados Unidos (ARPA) desde 1962, comenzó a trabajar en una idea, a la que denominó Galactic Network, concebida como una suerte de red global interconectada con la que todo el mundo pudiera acceder a datos y programas. Tal y como relatan Leiner et al. (1997), para Licklider el trabajo en red era fundamental para el desarrollo tecnológico del país y logró convencer de ello a Sutherland y Taylor, sus sucesores en la dirección del programa de investigación.

Todas estas circunstancias confluyeron en la creación de ARPANET: una red para que los equipos universitarios que colaboraban con el Pentágono pudieran acceder de forma colectiva a todos los recursos materiales disponibles a partir de una organización descentralizada en la que no se establecían diferencias entre el nodo principal y los subordinados.

En 1969 ARPANET conectaba únicamente cuatro ordenadores. El primero de los nodos de la red estaba en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). Los otros tres también tenían sede en instituciones de investigación estadounidenses: en el Instituto de Investigación de Stanford (SRI), al sureste de San Francisco; en la Universidad de California en Santa Bárbara (UCSB) y en la Universidad de Utah, en Salt Lake City. En poco tiempo su crecimiento fue exponencial: a principios de los setenta del siglo XX se contaban por centenas las máquinas conectadas en centros de investigación estadounidenses.

¿Cómo se explica este éxito inicial? Gracias a la combinación de varios factores: por un lado, sus características; por otro, su utilidad. En 1970 se diseñó el protocolo NCP (Network Control Protocolo), que más adelante pasó a denominarse TCP/IP (Leiner et al. 1997). TCP divide los mensajes de origen en paquetes de información para reconstruirlos al alcanzar en destino. IP gestiona las direcciones y asegura que todos los paquetes de información se dirijan al ordenador adecuado. La principal ventaja de este protocolo reside en una alta flexibilidad, que hizo posible la interconexión de redes creadas bajo estándares diferentes.

En un primer momento, ARPANET ofrecía principalmente servicios de acceso remoto a otros ordenadores, como por ejemplo la transferencia de archivos, un repertorio de prestaciones muy limitado si lo comparamos con el panorama actual. Con el paso del tiempo, se favoreció la diversificación de utilidades, muchas de ellas orientadas a la comunicación interpersonal. En 1972 se implantó el primer sistema de correo electrónico; en 1973 la primera aplicación de chat, y en 1978 los grupos de noticias o newsgroups. ARPANET no nació con la finalidad de emplearse en el ámbito de la comunicación interpersonal, aunque su difusión y desarrollo se deben, en gran medida, a su potencial como medio de interacción social.

A principios de la década de 1980, la mayoría de las universidades norteamericanas formaban parte de ARPANET. Ante su incapacidad para soportar un número de usuarios tan grande, comienzan a desarrollarse redes paralelas que le sirvieran de apoyo. Así, la National Science Foundation (NSF) crea su propia red, la NSFnet, fijándose en el modelo de ARPANET. NSFnet también adopta el protocolo TCP/IP, que le fue cedido de forma gratuita por ARPANET. Estas coincidencias resultaron ser muy beneficiosas a corto plazo porque hicieron que ARPANET y NSFnet fueran mutuamente compatibles. En poco tiempo NSFNet absorbe la red ARPANET y se funde con otras redes construidas con el sistema operativo UNIX, como por ejemplo una red diseñada con una versión europea de Unix Network, que conectó el Reino Unido con los países escandinavos (Griffiths 2001). Y de este modo, en 1983, fecha que suele proponerse como la del nacimiento de internet, ya está consolidada una gran red con propósitos científicos y académicos.

A diferencia de ARPANET, internet, tal y como hoy lo entendemos, no está formado por una única red, sino que es el resultado de la unificación de un conjunto de redes preexistentes. La estandarización supuso un salto importante para la diseminación de internet, pero no el definitivo. Era necesario que conquistara el mundo más allá de las universidades y de los centros de investigación. Para ello tuvieron que confluir varias circunstancias, entre las que destacan la mejora en los sistemas de telecomunicaciones y el abaratamiento de las computadoras, que hicieron posible la aparición de un concepto nuevo: el ordenador personal.

No obstante, su difusión no hubiera sido posible sin los esfuerzos de numerosos diseñadores informáticos que colaboraron en la simplificación del sistema de acceso a internet. Entre todos ellos, uno cobra especial relevancia: Tom Berners-Lee, responsable del CERN, laboratorio europeo de Física de Partículas. Tom Berners-Lee ideó en 1989 una herramienta con la que acceder de forma sencilla a la ingente cantidad de información que se acumulaba por aquel entonces en internet. Su mayor aportación consistió en la introducción del estándar que unificó el formato de los documentos de la red: el lenguaje HTML. En 1994 su idea tomó forma gracias al desarrollo de una serie de instrumentos que facilitaron la fusión de las técnicas multimedia con la organización hipertextual. Se creó la www, también conocida como web, y con ella internet no solo se volvió más intuitivo, sino también más atractivo, al llenarse de imágenes, sonidos, vídeos y enlaces.

La manera de interactuar con internet cambió completamente, y este cambio quedó reflejado en nuestra lengua a través de un conjunto de metáforas náuticas que sirvieron para explicarlo. De esta forma, la www se convirtió en un sistema de navegación que permitió a internautas de todos los orígenes y edades surfear océanos de información. Por algo las aplicaciones para acceder a la web se llamaron navegadores. El primero de ellos, Netscape, se lanzó en 1994. Poco después, en 1996, fue desbancado de su posición hegemónica por Internet Explorer, el navegador diseñado por Microsoft, que durante mucho tiempo mantuvo el liderato de los programas de acceso web hasta perder protagonismo con la irrupción de otros navegadores como Chrome, la propuesta de Google. Internet Explorer es el icono de toda una época. De hecho, el anuncio de su cierre, previsto para el 17 de agosto de 2021, ha provocado la nostalgia de muchos internautas. En cualquier caso, tanto el nombre de Netscape como el de Internet Explorer nos remiten a la concepción de la web como un universo inmenso por explorar, la galaxia a la que hacía referencia Castells (2001).

1.2. Conectando personas: los orígenes del correo electrónico

Pero más allá de la avalancha de color y de formatos multimedia que trajo consigo la www, el atractivo de internet y el acicate que lo catapultó hasta el lugar que ocupa en nuestra sociedad seguía estando en su potencial como instrumento de comunicación. Para darse cuenta de ello, baste recordar el conocido eslogan que Nokia popularizó en los años noventa del siglo pasado: Nokia. Connecting people. Efectivamente, los ordenadores y las redes sucumbieron al insaciable anhelo de socialización de la humanidad. Licklider y Taylor (1968) vaticinaban, pocos años antes de que se pusiera en marcha el primer sistema de mensajería digital, que la ilimitada necesidad humana de comunicación provocaría un salto cuantitativo en el desarrollo técnico de los ordenadores. Esta visión pionera no ha hecho más que confirmarse con los años. En este punto conviene acordarse del papel que las redes sociales, en sus diversas versiones, han asumido en tiempos del aislamiento social impuesto por la pandemia del coronavirus (SRAS-COV-2), como útiles imprescindibles para mantener el contacto con los seres queridos.

El correo electrónico es el método de mensajería electrónica más antiguo de internet, la primera herramienta para la comunicación interpersonal a través de la red. Ray Tomlinson, su creador, lo concibió como la continuación natural de los sistemas que empleaban los grupos de trabajo que colaboraban a través de redes de comunicación interna (Hardy 1996: 13). Según cuentan Hafner y Lyon (1996: 190), en la década de los sesenta del siglo pasado algunos informáticos diseñaron sistemas sencillos para depositar ficheros de texto en ciertos directorios de manera que pudieran ser consultados posteriormente por otros usuarios. El modelo se asemejaba a una bandeja de entrada compartida en la que cada individuo disponía de un casillero particular.

La propuesta de Tomlinson consiguió transformar estas mensajerías locales en modelos de comunicación remota. ¿Cómo llegó Tomlinson a idear un sistema de comunicación como el correo electrónico? El grupo de trabajo de Tomlinson tenía dos sedes y, por tanto, contaba con dos nodos enlazados a la red, algo que no era habitual en aquel momento. Esta circunstancia motivó la creación de un modelo de distribución de mensajes que no estuviera limitado localmente. Dos fueron sus principales novedades: por un lado, gracias a la red ARPANET, fue posible enviar textos entre diferentes ordenadores, es decir, la comunicación no se circunscribía a usuarios de una misma máquina; por otro lado, los protocolos diseñados consiguieron que este intercambio se llevara a cabo sin la intervención de ningún intermediario.

Tomlinson envió el primer mensaje de correo electrónico en 1971. Se trataba de un texto de prueba que se remitió a sí mismo para comprobar el funcionamiento de su programa: el primer correo electrónico no hizo un viaje muy largo y, aparentemente, ni siquiera salió de la propia habitación en la que se escribió. Tampoco parece que contuviera una información muy memorable. El propio Tomlinson, en alguna que otra entrevista, ha reconocido que debió de ser una secuencia de letras sin sentido, algo así como “ QWERTYUIOP”, las letras de la primera fila del teclado.

En 1972 el sistema se presenta públicamente en la Internacional Computer Communication Conference, organizada por Kanh (Leiner et al. 1997). La idea de Tomlinson fue muy bien recibida por la comunidad científica que participaba en el desarrollo de ARPANET, dado que existía una enorme necesidad de disponer de un mecanismo sencillo y rápido de interacción. Con el tiempo, el correo electrónico resultó una herramienta de gran utilidad para la comunicación de los diversos grupos de trabajo diseminados geográficamente en los diferentes nodos de la red. De hecho, Stephen J. Lukasik, que fue director de DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency) entre 1971 y 1975, reconoció el beneficio del correo electrónico para la gestión y el desarrollo de la red y lo empleó de forma regular en sus equipos de trabajo.

Pero ni el propio Tomlinson hubiera podido imaginar el éxito tan grande que tendría su idea. En poco tiempo el correo electrónico se convirtió en la aplicación estrella de la red: dos años más tarde, el 75 % del tráfico de ARPANET consistía en correo electrónico (Hafner/Lyon 1996: 194).

En esa época se establecen algunos de sus estándares y se asume el uso de la @ como elemento para identificar a los destinatarios de los mensajes, probablemente la aportación que más fama le ha dado a Tomlinson.

Pero ¿qué historia se esconde detrás de este símbolo? De nuevo se trata de una casualidad. Para separar en la dirección de correo electrónico el nombre de los usuarios de la máquina en la que estaba su buzón, necesitaba encontrar un carácter que, bajo ninguna circunstancia, pudiera aparecer en el nombre de ningún usuario. Tomlinson miró el teclado que estaba usando, vio que además de las letras y los números había una docena de signos de puntuación y eligió la @, que no solo cumplía con el requisito anterior, sino que tenía otra ventaja: en inglés la @ se lee at, por lo que su uso permitía reinterpretar la cadena completa que identificaba un buzón de correo electrónico como nombre de usuario en (at en inglés) nombre de la institución a la que pertenecía (Hafner/ Lyon 1996: 192).

Como tantas cosas en internet, ni siquiera el origen del correo electrónico está exento de polémica. Años más tarde, Shiva Ayyadurai, un ingeniero de origen indio, reclamó para sí la invención del correo electrónico basándose en un programa para intercambiar mensajes entre ordenadores de la misma oficina que escribió en 1978, con tan solo catorce años, cuando todavía era un estudiante de secundaria en Nueva Jersey. Shiva Ayyadurai ha reivindicado en numerosos medios de comunicación que su programa fue el primero en emplear de forma sistemática los campos típicos de la correspondencia electrónica: asunto, cuerpo, buzón de entrada, buzón de salida, copia, copia oculta y adjuntos. Según su propia versión, contada en una entrevista que, con motivo del trigésimo aniversario del correo electrónico, realizó para el Time Techland1, esta estructura estuvo condicionada por las instrucciones que le dieron al encargarle el proyecto. Al parecer, fue Les Michelson, del Brookhaven National Labs, quien le pidió que tratara de reflejar en un programa informático la organización típica de los informes en formato papel que solían emplearse en entornos sanitarios u oficinas. La historia de Shiva Ayyadurai ha tenido un largo recorrido. Hasta el Museo Nacional de Historia Estadounidense, administrado por la Smithsonian Institution, incorporó en 2012 algunos documentos que probaban que Ayyadurai fue el introductor de la cabecera del correo electrónico. Sin embargo, pronto aparecieron en diferentes medios de comunicación, entre ellos The Washington Post, voces que lo desmentían y que recordaban que, una década antes de que Ayyadurai escribiera su programa, los pioneros de ARPANET ya empleaban sistemas de correspondencia electrónica con una organización en campos muy semejante a la actual.

Más allá de las anécdotas, ¿en qué consistía el programa presentado por Tomlinson? En un principio no existía una aplicación unificada para la gestión de los correos electrónicos. El programa constaba de dos partes: una para leer los mensajes (el protocolo READMAIL) y otra para su envío (el SNDMSG). Para la gestión de los buzones debían combinarse las dos herramientas. Además, la interfaz no resultaba muy intuitiva porque no separaba el texto y carecía, por ejemplo, de la función de respuesta. Sin embargo, en poco tiempo se introdujeron notables mejoras que facilitaron su empleo y que resultaron cruciales para la extensión de su uso.

Uno de los primeros cambios estuvo relacionado con la mejora de la interfaz de lectura. Lawrence Roberts, director de la IPTO (Oficina de Técnicas de Procesamiento de la Información) de 1968 a 1973, trabajó junto con Steve Crocker, también empleado de la IPTO, en una nueva versión de READMAIL, que incluía nuevas funcionalidades como la lista de los mensajes ordenados por fecha, la línea del asunto o el borrado selectivo de mensajes. Sin embargo, uno de los pasos decisivos en la mejora de las aplicaciones de gestión de correo electrónico lo protagonizó Marty Yonke al diseñar Bananard, la primera herramienta unificada para la recepción y la emisión de mensajes.

Bananard incorporaba algunas novedades, como el manejo automático de campos de dirección en las respuestas y la posibilidad de personalizar el entorno operativo, configurable a través de una extensión conocida como MSG (Hardy 1996: 17). En una actualización posterior, John Vittal incorporó el reenvío de mensajes, la respuesta con escritura automática de la dirección de origen y otras funciones que hicieron de Bananard una herramienta muy similar a las actuales aplicaciones para la gestión de correo electrónico (Hardy 1996: 17).

En aquella época se sucedían los diseños de programas de gestión de correo electrónico, por lo que se impuso la necesidad de generar pautas para unificar funciones y, sobre todo, que hicieran posible la intercomprensión de las diferentes aplicaciones para la consolidación del sistema. En 1973 se hacen las primeras regulaciones, que se sistematizan en 1975 en un documento titulado Message Transmission Protocol, en el que se establece, por ejemplo, una estructura única para el encabezado, que incluirá la información necesaria para la comunicación efectiva entre distintas aplicaciones. Y en 1977 las medidas de estandarización son asumidas por la mayoría de los programas empleados en los diferentes nodos de la red: el correo electrónico, como sistema de comunicación eficiente y eficaz, se convirtió en una realidad que no tardó en propagarse.

1.3. Un email de UCLA a Harvard: el correo electrónico en las comunidades universitarias

Como describen Hafner y Lyon (1996: 187), los primeros usuarios de correo electrónico pronto experimentaron los beneficios de este sistema de intercambio de información y lo convirtieron en su medio de comunicación interpersonal preferido. La rápida extensión de este sistema de intercambio de mensajes consolidó su utilidad como espacio de interacción personal y medio de comunicación. De hecho, el propio Licklider llegó a reconocer que compartir información era la mejor manera de compartir recursos (Hardy 1996: 21). De esta forma, con el paso de ARPANET a internet, la red de redes se convirtió en un medio eficaz para la transmisión de conocimiento, por lo que no era de extrañar que los primeros enamorados del correo electrónico trabajaran en las universidades estadounidenses.

Las redes favorecen un trabajo en equipo rápido, dinámico y democrático y por esta razón el ámbito universitario e investigador valoró su utilidad desde el principio. En los años sesenta del siglo pasado, en el seno de los centros investigadores norteamericanos, las redes eran, al mismo tiempo, objetos y herramientas de investigación. Así, aunque tradicionalmente se justifica el nacimiento de internet por necesidades en el ámbito de la defensa, debe reconocerse que el impulso fundamental llega de manos de la comunidad científica. Como defienden Hafner y Lyon (1996: 192), el papel de las universidades estadounidenses en la consolidación de internet resultó crucial: seguramente los primeros mensajes de correo electrónicos viajaban con asiduidad de una costa a otra de EE. UU., de UCLA a Harvard, como apunta el título del apartado.

El correo electrónico respondía de manera muy efectiva a las necesidades comunicativas de las universidades porque permitía que circularan artículos de investigación y que se llevaran a cabo muchas discusiones científicas. Conviene recordar que el intercambio epistolar entre académicos conformó, durante mucho tiempo, el principal espacio para la difusión de los resultados científicos. Ciertamente, la correspondencia científica puede remontarse hasta la antigüedad clásica (Matijasevic 2016)

Para aquellos que vivieron su aparición, el correo electrónico supuso el nacimiento de un nuevo modo de interacción que cambió muchas de las formas tradicionales de comunicación. Hardy (1996: 25) se refiere a este espacio social emergente creado en torno al correo electrónico con especial entusiasmo y añade que facilitó muchos procesos fundamentales en el ámbito de la investigación. El correo electrónico aportaba muchas de las ventajas del medio digital a los tradicionales servicios de correspondencia: la información digitalizada podía almacenarse y ser gestionada de forma muy rápida y fácil.

La posibilidad de adjuntar archivos (que no estaba disponible en los primeros sistemas de correo electrónico) resultó de gran utilidad para la comunidad universitaria porque hizo posible el intercambio de documentos entre usuarios poco expertos en el dominio de la red. Además, el correo electrónico también favorecía la internacionalización, por lo que pronto voló más allá de las fronteras norteamericanas para llegar a Europa. Como recuerda Huitema (1997: 20), el correo electrónico conjugaba la rapidez con la adaptabilidad horaria, por lo que permitió abordar con éxito la diferencia horaria entre los dos continentes.

El relato que este investigador universitario francés construye sobre su experiencia como usuario pionero de internet y del correo electrónico en los años ochenta del siglo pasado es apasionante. Nos muestra cómo las mejoras en la conectividad y en las características de los ordenadores con los que se accedía a la red fueron influyendo en la comunicación. Reproducimos a continuación parte del testimonio de Huitema (1997: 17):

En realidad, cuando comencé a usar el correo electrónico, alrededor de 1984, me llevaba más de dos segundos enviar un mensaje, ya que la red USENET funcionaba con conexión telefónica. Los mensajes se depositaban en un ordenador que marcaba el número de teléfono de otro ordenador cerca del destino y, una vez establecido el contacto, se enviaba el mensaje. […] Pero estas llamadas telefónicas eran caras, por lo que, para reducir gastos, esperábamos a acumular una cantidad suficiente de mensajes antes de marcar el número. Por supuesto, si no llegábamos a acumular suficientes mensajes, la llamada se efectuaba, pero solo después de esperar “lo suficiente”, es decir, entre media hora y unas pocas horas (traducción propia)2.

Asimismo, la comunicación grupal se vio favorecida por la posibilidad que brindaba el programa de Tomlinson para la gestión de listas de correo. La primera de ellas y la más popular fue NETWORK-HACKERS, en la que, con objeto de discutir sobre su desarrollo, participaron los fundadores de la red. Las relaciones interpersonales entre este primer grupo de usuarios pronto derivaron en la aparición de otros grupos que trataban temas menos técnicos, como SF-LOVERS, sobre ciencia ficción, WINE-TASTERS o HUMAN-NETS (Hardy 1996: 29).

Pero ¿cómo funcionaban estas listas de correo? De forma muy sencilla: un ordenador, el servidor de la lista, gestionaba un grupo de direcciones de correo electrónico de personas interesadas en un tema específico, a las que se les enviaban los mensajes que sobre él iban llegando.

En 1978, como una evolución de las listas de correo, surgen los grupos de noticias, cuando la red USENET se especializó en albergar un sistema de tablón de anuncios, también llamado BBS o Bulletin Board System3. Estos grupos de noticias dieron lugar a discusiones públicas sobre temas diversos a través de mensajes que eran accesibles a cualquier usuario suscrito al foro.

Estas discusiones colectivas resultaron muy útiles para los primeros usuarios de la red, trabajadores de grandes centros de investigación y universidades estadounidenses con perfiles personales muy similares, por lo que fueron ganando seguidores que compartieron muchas ideas y conocimientos. Las agrupaciones que formaron contribuyeron de manera decisiva a crear un sentimiento de unidad: se estaban creando las primeras comunidades en línea que más tarde se convertirían en sofisticadas redes sociales.

¿Y en España? ¿En qué momento el correo electrónico llegó a las universidades españolas? Parece ser que el primer mensaje de correo electrónico en nuestro país fue enviado en otoño de 1985 desde la Cátedra de Comunicación de Datos de la Escuela Técnica y Superior de Ingenieros de Telecomunicación, de la Universidad Politécnica de Madrid (ETSIT-UPM). Se trataba de un mensaje de prueba enviado por Juan Quemada, Fernando Fournon y Juan Riera4. Este último coordinaba por aquel entonces la Cátedra de Telegrafía y Transmisión de Datos y había conocido en directo los primeros años de ARPANET mientras cursaba un máster en la Universidad de Stanford.

Este mensaje inicial facilitó la creación del primer nodo español de Internet, conectado a EUNET, la parte europea de la red USENET, que enlazaba desde 1982 a países como Suecia, Dinamarca, Holanda y Rusia.

Ya en 1986 el equipo ETSIT-UPM estaba dando de alta el dominio .es para satisfacer la demanda de direcciones de correo electrónico de otras universidades españolas. El primer nodo de correo español se llamó Goya, en honor al pintor. Se trataba de un servidor SUN 3/160, que mediante una conexión telefónica y a través del protocolo X.25 enlazaba el nodo español con el equipo central de Ámsterdam. El uso del correo electrónico creció vertiginosamente en poco tiempo; al fin y al cabo se empleaba ya en la mayoría de las instituciones universitarias y centros de investigación internacionales y venía a satisfacer una inminente necesidad de comunicación.

En una nota de prensa de 2005, coincidiendo con el vigésimo aniversario del acontecimiento, Fernando Fournon, en aquel entonces presidente de Telefónica I+D, aseguraba que “aquello surgió por una pura necesidad. Los investigadores empezamos a colaborar más con otros centros del extranjero, y a menudo no había cómo comunicarse desde aquí” (El Mundo, 19 de diciembre de 2005).

Pronto todas las universidades españolas comenzaron a solicitar permiso para conectarse a la red, y también otras instituciones y empresas enseguida hicieron lo mismo e implantaron sus nodos para conectarse con los equipos de ETSIT. Desde entonces España quedó unida con el resto del mundo a golpe de arrobas.

1.4. Correos electrónicos por todas partes

Al tiempo que internet iba creciendo, el correo electrónico fue extendiendo su comunidad de usuarios: desde los investigadores universitarios, que participaron en su nacimiento, hasta los profesionales de la empresa privada, que pronto vieron las ventajas de este medio para la comunicación profesional. Una vez abierto el camino, el correo electrónico se coló con fuerza en los hábitos comunicativos de toda la población y, casi sin enterarnos, la correspondencia postal empezó a pasar a mejor vida.

Antes de que los navegadores web se convirtieran en la forma más común de acceder a internet, los usuarios de correo electrónico solían emplear programas específicos para la gestión de la correspondencia digital o accedían a sus buzones mediante procedimientos de acceso remoto como Telnet. En 1988 Microsoft lanzó el primer software para la gestión de correo electrónico comercial, Microsoft Mail, que supuso la introducción de esta aplicación en el paquete profesional para oficinas. Fue una auténtica revolución: en menos de un año ya contaba con medio millón de cuentas y una década después la cifra llegaba a los cuarenta millones. Luego llegaron otras aplicaciones.

Con la explosión de la guerra de los navegadores web, el acceso al correo electrónico empieza a realizarse mayoritariamente a través de servicios de correo web o webmail. Hotmail y Yahoo! Mail se popularizaron a partir de 1996. Ambos servicios tenían un propósito más lúdico y una orientación más juvenil que Microsoft Mail; buscaban introducir el correo electrónico en la comunicación interpersonal y lo consiguieron. En aquella época los hogares comenzaban a tener un ordenador con conexión a internet y la consulta de la cuenta de correo electrónico se introdujo en la rutina diaria de muchas personas; salió de las oficinas y conquistó los hogares, esto es, dejó de concebirse como un instrumento reservado a la comunicación profesional para extenderse a otros ámbitos privados.

Hotmail y Yahoo! Mail supusieron una importante transformación en la manera en que se accedía al correo electrónico. Con las webmail, el correo electrónico se convirtió en un servicio gratuito y accesible para cualquier persona (Souchier et al. 2019: 259). La comunicación digital empezó a deslocalizarse: ya no era necesario estar delante del ordenador personal para acceder al correo privado. Desde cualquier conexión a internet era posible cargar la página de nuestro servidor particular de correo mediante nuestro nombre de usuario y contraseña. Estábamos un paso más cerca de la idea del internet everywhere, que se haría tan familiar en el siglo XXI.

En 1998 se estrena la película Tienes un email, en la que Tom Hanks y Meg Ryan interpretan a dos de los millones de norteamericanos que por aquel entonces estaban abonados a AOL (America OnLine). Entran en contacto a través de una red de mensajería digital y se enamoran mediante el intercambio de correos electrónicos. Ese mismo año, el diccionario de Oxford incorpora la palabra spam, adaptada de un sketch de Monty Python, para referirse al correo electrónico no deseado que desde entonces satura nuestros buzones (Alcántara Plá 2017: 147).

Los correos electrónicos se cuelan en todas las esferas de la comunicación cotidiana. Así sucede, por ejemplo, con la publicidad. En 1988 ya aparece el primer software para la gestión de publicidad a través de correo electrónico. En la década de los noventa del siglo pasado, el envío de correos comerciales no paró de crecer debido a que suponía un enorme ahorro para las empresas; y en 1995 ya se gestionaban más envíos publicitarios online que offline. Tal era la fiebre de la publicidad digital que la recepción de mensajes no solicitados pronto se convirtió en un problema, no solo por la fatiga que producía en los usuarios, sino por los problemas de seguridad y de violación de la privacidad que implicaba. En 2003 se crea el primer filtro antispam y las primeras leyes que regulan el envío de publicidad a los buzones electrónicos. Sin embargo, estos problemas aún están hoy en día lejos de solucionarse y la publicidad no deseada sigue campando a sus anchas tanto en nuestros buzones de correo electrónico como en nuestros perfiles de redes sociales.

El 1 de abril de 2004 Google lanza la versión beta de Gmail, y en 2009, su propuesta web definitiva, que se ha convertido en el servicio de correo electrónico más utilizado en el mundo. Inicialmente el correo de Gmail estaba disponible únicamente para los empleados de Google. Solo después se abrió al público general, aunque dar de alta una cuenta no siempre resultaba sencillo. En su origen, Gmail era un lujo al que solo se accedía con invitación de otro usuario, pero también era el servicio de una empresa que desde el principio tuvo clara conciencia de que sus usuarios eran una mina de datos que podía explotar.

Gmail trajo consigo muchas novedades. En efecto, la campaña protagonizada por Gmail en su lanzamiento focalizaba en esta idea: un buzón de correo completamente nuevo. Gmail contrataca al gigante del momento, Hotmail, con un jaque mate: frente a los dos megas de almacenamiento de sus competidores Gmail ofrecía 1 GB de capacidad. No era solo cuestión de cuántos recuerdos se podían conservar en aquel buzón infinito, sino de la posibilidad de adjuntar fotos, vídeos y otros recursos multimedia de forma rápida. En una comunicación cada vez más multimodal, esta era una ventaja indiscutible.

Desde el punto de vista del diseño, Gmail creó un estilo sobrio y conservador que se adaptaba fácilmente a los usos personales y a los profesionales. Esta tendencia pronto fue seguida por otras aplicaciones: la interfaz actual de Yahoo!Mail no difiere mucho de la de Gmail.

Pero, en otros aspectos, Gmail resultó ser una aplicación muy transformadora. No solo ha absorbido muchas tendencias desarrolladas en otros entornos de comunicación digital, sino que ha abanderado muchas innovaciones. Entre ellas, destaca su propuesta para la disposición de la bandeja de entrada en hilos. Esta alternativa evitó muchas redundancias y generó una organización que emulaba auténticas conversaciones diferidas.

Frente a la ordenación cronológica tradicional, Gmail permitió organizar los correos electrónicos por conversaciones al agrupar todos los mensajes intercambiados por un grupo de interlocutores con relación a un asunto común. Antes de este cambio de diseño, cada nuevo mensaje que se sumaba a un intercambio de correos generaba una nueva línea en la bandeja de entrada, algo repetitivo que todavía conservan herramientas de gestión de correo como, por ejemplo, Mozilla Thunderbird. Este puede parecer un cambio pequeño, pero su influencia en las propiedades lingüísticas de los mensajes de correo electrónico fue profunda. La pregunta sería hasta qué punto Gmail es responsable de esta modificación o no hizo más que recoger una tendencia en la representación mental de los usuarios, ya que los correos electrónicos habían dejado de ser epístolas digitales para incorporarse al género emergente de la interacción digital escrita.

La propuesta de Gmail resultó muy exitosa o, al menos, así lo parece si juzgamos el modo en que se organizan los hilos de mensajes en otras redes sociales como Twitter y Facebook, por ejemplo, o en versiones actuales de otras aplicaciones de correo electrónico. Además, respondía de una forma certera a la propia evolución lingüística del género: algunas de las características discursivas de los correos electrónicos solo pueden explicarse desde su concepción como una suerte de diálogo escrito diferido. En este sentido, McCulloch (2019: 90) considera que la manera en que se gestiona esta función justifica la distinción de dos grupos de usuarios de internet, los que ella llama usuarios semi-internet y usuarios full-internet: los primeros todavía prefieren seguir cambiando la línea del asunto con respecto al tema del correo, mientras que los segundos priorizan la ordenación en hilos conversacionales.