AGRADECIMIENTOS

Nuestras vidas no son nuestras. Del útero a la tumba, estamos atados a otros, pasados y presentes.

David Mitchell, Cloud Atlas

Una de las tareas más desafiantes en cualquier orden de la vida es agradecer a quienes nos brindaron apoyo para la ejecución de una misión. En este caso, para un cometido de orden personal. Más aún cuando la tecnología y las redes sociales abrieron una cancha de intercambio instantáneo permanente, donde resulta prácticamente imposible registrar la procedencia difusa de muchas ideas, enfoques, datos e imágenes. En tal sentido, el progreso moderno nos convirtió en imitadores seriales. Hoy, más que nunca, nuestras vidas están atadas a las de otros. Basta con abrir cualquier red social, Facebook, Instagram, TikTok o Twitter, para comprobar la catarata interminable de similitudes. Por ello, empiezo, antes que nada, por reconocer el aporte difuso de innumerables fuentes que agrupo bajo el rótulo “Arcón de la Inteligencia Social”. A todos aquellos con quienes interactué durante estos años, vía Twitter especialmente, gracias. La contribución, para mí al menos, fue importantísima.

Del ámbito de los hombres y mujeres de carne y hueso, agradezco, en primer término, a quien me motivó a correr más largo en esta oportunidad. “Sentate a escribir un libro mientras te recuperás”, me aconsejó mi amigo Facundo Manes, luego de consultarlo tras una molesta parálisis facial, en ese momento en vías de desaparición. En un mismo plano, ¿cómo no habría de valorar que Emma Bole me haya abierto su casa en Córdoba para recobrarme, a la par de facilitarme todo para que me sentara a escribir con tranquilidad durante ese largo encierro forzado? Asimismo, reconozco muy especialmente a mi padre, Santiago, siempre predispuesto a brindar soporte, compartir su acervo tanguero y, lo más importante, su sabiduría, parrilla y buena bodega. También le debo un reconocimiento especial a mi amigo Manuel Tagle, por haberme brindado apoyo en mis estadías mediterráneas, no solo con su invalorable amistad, sino también con su consejo deportivo y algún vehículo de su fantástica concesionaria.

Dado que la génesis de este libro está muy vinculada a un trabajo de campo en el Medio Oeste de Estados Unidos para las elecciones presidenciales de 2016, debo especial gratitud a Sofía Pescarmona por su apoyo en aquella oportunidad. También, a quienes se prestaron, con enorme generosidad, a brindar sus valiosos testimonios. Robert Shapiro, de la Universidad de Columbia; Chris Borick, del Muhlenberg College; Thea Lee del Economic Policy Institute; Naomi Lamoreaux, de la Universidad de Yale; un grupo de trabajadores de la planta Alumisource en Monessen Pensilvania; Tom Coyne, alcalde de Brook Park, y John McNally, alcalde de Youngstown. En un mismo plano, a todos los colaboradores al paso, animados a aportar su mirada como encuestados al azar. También a Harley-Davidson de Nueva York, por su aporte de una moto sin la que hubiese sido imposible semejante recorrido. A mi hermana, Silvia, gracias. A Martín de Nicola, gracias. A Roger Mantegani, gracias. ¡A buscar sus pinturas dentro del libro!

No es casual que dejara para el final a mis seres queridos más cercanos, con quienes compartimos este largo viaje que abarca casi todos los terremotos analizados en este libro. Con Andrea, todos, desde Berlín hasta Wuhan. Con Mateo, salvo el primero, todos los otros. A él tengo que agradecerle, especialmente, la música de su propia cantera para varios cortos realizados en el Medio Oeste estadounidense, al igual que para otros realizados en las calles de Buenos Aires, difundidos a través de YouTube. Por último, parafraseando al personaje de ficción David Mitchell de la película de las hermanas Wachowski, nuestra vida hoy en día también está atada a la de nuestras mascotas como nunca lo estuvo antes. En esta dimensión, hago un reconocimiento especial a Pompi, Chiqui y Yaca. No obstante, ello vale también para una dimensión pasada, donde siempre atesoro recuerdos de mis abuelos, Lalita y Carlos, y de mi madre, Estela. Hasta me parece escuchar a menudo su voz: “Daniel, estudiá”. Lo sigo intentando.